domingo, 7 de junio de 2009

Ella despertó una mañana, ajena a toda realidad. Parpadeó, lo encontró a su lado y satisfecha sonrió. Él si que la entendía, conocía todos sus cambios de humor, sus emociones, sus gustos, placeres. Él sabía acompañarla, haciendo caso omiso, según él, estaban enamorados. Él seguía sus pasos, no importaba donde llegaran, él estaba cegado. Él alegaba no conocer nada más esencial que ese amor que vivían, único para su vida, su fuente de oxígeno. Él había dejado todo por ella, es más, hasta le rendía una especie de culto, adorándola por cada movimiento, acto o decisión. Él quería vivir junto a ella cada segundo restante, cada momento nuevo de la vida, cada alegría, cada complicación. Él comenzaba a resultar asquerosamente romántico, excesivo, cómo decirlo? hasta su amor parecía sobreactuado. Entonces ella, corrió las sábanas y sin pensarlo, le rogó que por favor, se marchara.