sábado, 7 de enero de 2012

- Sólo de pensarlo, siento que me falta el aire, me paralizo de miedo. Y mira, creer en la transmigración de las almas es más cómodo. Aunque te reencarnes en algo horrible, al menos puedes imaginar qué pinta tendrás. De una forma concreta. Te ves convertida en caballo, o en caracol, por ejemplo. Además, si te sale mal el asunto, siempre puedes pensar que tendrás más suerte la próxima vez.

- Pues yo encuentro más natural pensar que, cuando te mueres, no hay nada - dice Mari.

- Eso es porque tú eres una persona psicológicamente fuerte.

- ¿Quién? ¿Yo?

Korogi asiente.

- A mi me parece que tienes las cosas muy claras.

Mari niega con la cabeza.

- ¡Qué va! ¡Pobre de mí! Ni una cosa ni otra. Cuando era pequeña, no tenía la menor confianza en mí misma, era muy tímida. Y en la escuela, por eso, los otros niños se metían siempre conmigo. Era un blanco fácil. ¿Sabes que aún conservo dentro de mi todas aquellas sensaciones? Incluso sueño a menudo con ello.

- Pero con el paso del tiempo y esforzándote mucho, has conseguido mantenerlos a raya ¿no? Esos recuerdos odiosos.

- Cada vez más - admite Mari. Y asiente-. Poco a poco. Yo soy de ese tipo de personas. De las que se esfuerzan.

- ¿Esas que van siguiendo su camino, solas, currando día a día? Como el herrero del bosque.

- Sí.

- Pues a mi me parece admirable ser capaz de hacer algo así.

- ¿De esforzarse?

- De ser capaz de esforzarse.